Es martes y llueve.
Se trataba de encontrarse a si mismo, encontrarse los dos. Juntos, prometiéndose no fallar. Compartiendo todo, una vez más, pero diferente.
Hay un límite invisible, una línea ya cruzada que no puede volver a traspasarse. Todo sigue intacto, ahí, pero de lados distintos de la línea. Se acercan, pero nunca chocan, no llegan a ensamblarse como antes, como siempre. Siempre? Ya no era siempre. Forzando todo para volver a rozarse, llegando a la línea, y volviendo a empezar. Avanza un paso y retrocede tres, para no caer. Cuanto miedo el que hay cuando antes faltaba, al saltar a un abismo para probar todo, ahora es volver de ese abismo aterrados de no encontrar lo mismo. Solos de lados distintos, necesitándose y teniéndose, esperando encontrar algo más, olvidando que ya lo perdieron todo, buscando recuperarlo.
Llegan a la línea, y permanecen en ella el tiempo necesario, pero sin pasarla, cada uno de su lado, separados. Se acarician, se toman de las manos, viven y se olvidan el camino recorrido, el camino que falta recorrer. Se sueltan. Se miran y vuelven a retroceder. Vuelven a empezar, solos, no como antes. Cada uno de su lado de la línea, sin olvidar que no puede pasarse, pensando en quién tendrá la valentía de pasarla y asumir las consecuencias, quién tendrá la valentía de no retroceder hacia atrás, sino girar, y avanzar adelante, lejos de la línea que esta vez quedará atrás.
Es martes y llueve. Y la línea sigue ahí esperando ser traspasada, u olvidada.